Titulo:
El derecho al voto de los migrantes y la unidad latinoamericana
Participante: Pedro Leiva Peralta
Movimiento Popular Tekojojá, Departamental Buenos Aires
País de origen: Argentina
La ideología y el pensamiento hegemónico están en las bases del fenómeno migratorio.
Si nos remontamos a cualquier época de la historia hallamos, según el lugar y la organización social, estructuras de poder imbuidas en creencias que imponen acciones conforme a mandatos establecidos.
Pueblos y regiones enteras aceptan como inevitable la necesidad de migrar para buscar en otro lugar un futuro digno.
¿Por qué?
Seguramente porque la sociedad acepta con conformismo que es menos conflictivo migrar que transformar las estructuras sociales.
Este análisis sería uno de los tantos que puede tomarse como fundamento.
Las propias creencias que cada quien maneja llevan a someter o aceptar las reglas de poder. He aquí el origen de todas las perversidades de las relaciones humanas.
Yo ordeno, tú obedeces. Yo pido y tú me das. Yo exijo y tú cumples.
Claro está que existen las ambiciones, los deseos, el egoísmo y podemos agregar otros varios condimentos.
Estos serían el sustento de tantas acciones que van siempre en detrimentos del prójimo.
La naturalización del fenómeno migratorio es siempre funcional a quienes detentan el poder económico y político ya que convierte en una práctica aceptada por la comunidad la expulsión de mano de obra que la estructura socio-económica es incapaz de absorber en las condiciones establecidas por esos mismos grupos de poder.
La emigración desde el Paraguay a la Argentina no es nueva pero se acentuó a partir de la década de los ´50, con la particularidad del asentamiento preferencial en las áreas de frontera más próximas y en el Gran Buenos Aires.
Es evidente que la dimensión de los flujos migratorios dependió de las dinámicas económicas de ambos países.
Así, hubo coincidencia entre la expansión económica en la Argentina y la llegada de nuevos migrantes, así como entre los procesos recesivos y la disminución de ese ingreso.
En esas crisis recesivas, se exacerban las manifestaciones xenófobas que adjudican a los migrantes la culpa del aumento de la desocupación
Convocado por una oferta de empleo la mayoría de las veces informal, el inmigrante obtiene el trabajo que los nativos desechan, pero debe correr el riesgo de convertirse en algún momento en indeseable competencia –calificada como desleal- no bien esa demanda declina.
Esta es una segunda carga ideológica que el migrante paraguayo, como los provenientes de otros países limítrofes, debió soportar.
Para comprender la situación de nosotros como migrantes es necesario considerar también cuál es el imaginario, al menos de algunos sectores de la sociedad que nos recibe.
Quienes debieran protegernos en nuestra condición de trabajadores no siempre lo hicieron. En algún momento pareció que la responsabilidad por la falta de trabajo y los bajos salarios no fuera ni de los gobiernos ni de las empresas ni de los sindicatos sino de los trabajadores migrantes.
Así, algunas organizaciones sindicales pueden pasar a adoptar el discurso chovinista de la defensa de los desempleados sindicalizados sin buscar la regularización laboral y la sindicalización de los trabajadores migrantes en actividad.
Tenemos en la Argentina el caso concreto de UOCRA –la Unión Obrera de la Construcción- y la forma en que llevó a cabo su campaña contra el trabajo clandestino, exigiendo al gobierno un mayor control de la inmigración, como si la desocupación hubiera sido culpa de los "bolitas" y los "paraguas" que les robarían el trabajo a los argentinos.
Esto produce en el trabajador migrante aún más marginación y desprotección.
Como emergente de estas situaciones surge la necesidad de buscar la defensa de los derechos sociales a través del acceso a los derechos ciudadanos y de su efectivo ejercicio.
La necesidad de expresión política de los paraguayos de la emigración, como el de otras colectividades de migrantes, necesita ser expresada de alguna forma, fundada en soportes justos y racionales, y para ello es necesario establecer un basamento lógico desde la teoría política que permita tales formas de expresión.
Pero esto que puede ser sencillo de implementar no es fácil de conseguir.
En las actuales circunstancias debe apuntarse a dos frentes: el país de origen y el país de residencia.
Así exista la libertad de circulación que preconiza el Protocolo de Ouro Preto y mucho más cuando aún no se ha conseguido que esa libertad se convierta en una efectiva libertad para trabajar en los países que componen el Mercosur.
Sabemos que el voto no es la panacea ni la única ni la mejor forma de expresión política de los pueblos pero es un instrumento ineludible a la hora de plantear esa participación política.
En el país de origen, la necesidad de corregir las causas de la emigración involuntaria exige el cambio de rumbo de las políticas de Estado. Para eso se requiere también que los migrantes conquisten el voto desde el exterior para la elección de las autoridades nacionales. Así, los jefes de estado y los congresales deberían poder ser elegidos también por los nativos de un país sin importar su lugar de residencia.
El artículo 120 de la Constitución Nacional del Paraguay establece que solo pueden ser considerados electores los ciudadanos paraguayos residentes en el país. Esto deja fuera al Paraguay de la emigración y también a la posibilidad de contribuir al cambio necesario para detener esa emigración.
Entre los ejes programáticos de Tekojoja esta presente esta reivindicación. Dice textualmente el punto 20 de nuestro programa: “A todos los paraguayos residentes en el exterior se les dará derecho al voto, apoyo efectivo para el retorno a la patria y derecho automático a la nacionalidad para toda su descendencia.”
En el estado receptor, la conquista del derecho de participar en las elecciones de las autoridades locales podría permitir el afianzamiento de la radicación y la integración mediante el acto voluntario de incidir en las políticas más domésticas y próximas.
Esta doble participación –acotada a ámbitos específicos- contribuiría a garantizar la consolidación política del proceso de integración continental que propician los impulsores del Mercosur en tanto ese proceso no supere las barreras políticas que significan las fronteras de los estados nacionales.
Ese mismo proceso de integración nos plantea la potencialidad de un tercer ámbito de participación e integración. Eventualmente podría aparecer la posibilidad de una representación supranacional. Un parlamento del Mercosur, por ejemplo, debería permitir la elección de los representantes de cada país a través de un padrón común a todos los habitantes del mismo, nativos y extranjeros radicados.
Dos son los objetivos inmediatos: Lograr el voto para la elección de las autoridades nacionales del país de origen y la posibilidad de sufragio en las elecciones locales –esto es de cada distrito- en el país de residencia.
En valores concretos, según el Censo levantado en el año 2001, los paraguayos de más de 18 años que residíamos en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires éramos 41.194 y, para la misma época, en el Gran Buenos Aires residían 176.704 compatriotas más. En los 24 municipios que componen el Gran Buenos Aires los paraguayos éramos el 32 % del total de residentes extranjeros y esto significa un caudal electoral sumamente importante si tenemos en cuenta que los extranjeros empadronados en la provincia de Buenos Aires ascienden –según la Junta Electoral Provincial- a 264.909 al 23 de octubre del 2005, mucho más que lo necesario para elegir un diputado provincial.
Respecto de nuestro país, estaban habilitados a votar en las últimas elecciones 2.758.076 electores en todo el país y esto significa que la fuerza electoral que representamos los paraguayos en el exterior es sumamente considerable, tanto como para dar vuelta el resultado de cualquier elección.
Solo quienes residimos en la ciudad de Buenos Aires y los partidos del Gran Buenos Aires representamos un 8 % adicional a la masa de electores que viven en Paraguay, lo suficiente para elegir 6 o 7 diputados nacionales.